Dónde sembrás una semilla, algo crece

León Ferrari
Maribel Herrera Despaigne

Es el cómo de la obra lo que distancia a León Ferrari de otras propuestas. La estructura formal y la construcción e impacto del mensaje marcan la diferencia.

Con insospechada sutileza, Ferrari ataca lo inverosímil de la sociedad occidental, cuestiona la palabra de Dios y juzga la alianza del poder político y religioso. Su visualidad involucra nuestra experiencia sensorial y refleja, cual relato, ese mapa de la historia que interpreta y quiere contar.

Resulta paradójico cómo el mainstream se ha tardado en conceder al artista el sitio que le ha sido mutilado por décadas. El hecho de que haya suscitado tanto interés en los circuitos artísticos, después de un camino extenso y a una edad tan avanzada, me hace pensar en las estrategias del mercado del arte. Si bien es cierto que es conocido en su país y en algunos sitios de Latinoamérica, sigue siendo cuestionable el silencio al que estuvo confinado.

Aunque pudo haber quedado en el olvido, su terquedad y constancia han permitido que su obra traspase la atmósfera represiva, la pared infranqueable del tiempo y el muro de la desidia. Ha demostrado, como pocos, la capacidad de lo imperecedero.

La visión

A principios de la década del sesenta, Rafael Alberti le da su opinión acerca de las ideas para la exposición en el Di Tella.[2]  «Mi querido León: me gustan mucho tus proyectos pop artísticos anti Johnson. Avísame cuando te lleven a Martín García para iniciar una gran campaña internacional por tu liberación. Mándame enseguida fotos de esas obras. Bromas aparte, creo que, aunque menos cómodo, ese camino que ahora inicias tiene, en nuestros mierdosos días, un gran sentido. Y hay que seguir por él [...] Ya tendremos tiempo de volver a cosas más sonrientes, pero por el momento: bombas, palos y mordeduras [...] Me gusta mucho tu locura actual, aunque comprendo que Alicia esté pensando ya en comprarte una buena camisa de fuerza en Albion House. Dile que no debe preocuparse demasiado. Al contrario, debe ponerse muy contenta. O Di Tella te da el premio este a ti, o tú acabas con Di Tella. Y esta sería también una manera de ser premiado [...] ¿Cómo está tu taller? ¿Con menos alambres que antes? Me lo imagino hoy lleno de cristos, escapularios, pelos de monjas, caspas de curas, cagados calzoncillos de militares, etc. [...].»[3]

Tal parece que hubiera tenido una visión de futuro. La propuesta final para el Di Tella fue La civilización occidental y cristiana. Obra censurada desde sus inicios y multipremiada en la posteridad. Estuvo veintitrés años sin poder ser expuesta en las instituciones artísticas hasta que en el año 1988 se exhibe por primera vez como obra de arte en el Museo Sívori.

Al impacto ocasionado, Ferrari responde: «…Ignoro el valor formal de esas piezas. Lo único que le pido al arte es que me ayude a decir lo que pienso con la mayor claridad posible, a inventar los signos plásticos y críticos que me permitan con la mayor eficiencia condenar la barbarie de occidente; es posible que alguien me demuestre que esto no es arte; no tendría ningún problema, no cambiaría de camino, me limitaría a cambiarle de nombre: tacharía arte y lo llamaría política, critica corrosiva, cualquier cosa.»[4]

A partir de entonces, continúa edificando discursos con una creciente sutileza, cuyo velo satírico, humor inteligente y picante te ayuda a digerir el contenido.

Censura

Humor vs censura

La imagen japonesa de una vagina, un dedillo juguetón y el asomo de la frase escrita en Braille es la obra que en el 2002 presenta Ferrari en el Museo Castagnino de Rosario: Ámate.

La provocación no puede ser más directa. El despojo de toda represión en contra del autoconocimiento y del placer. El convite a ser parte de ti mismo sin ojos acusadores, sin pensamientos pecaminosos; la incitación a tocar para conocer y entender lo que dice la escritura Amarás a tu prójimo como a ti mismo.[5]

Debido a los sucesos alrededor de la pieza –la ausencia de la obra en el espacio de exposición por cuatro días ante la amenaza realizada a la curadora, su exclusión en un segundo catálogo y su posterior ubicación, como relata Andrea Giunta, en una salita especial–, Ferrari opinó: «Lamento que Rosario tenga un clima que permita la censura de una obra didáctica como esta, (…).»[6]

Censura vs ironía

«La exposición del Palacio de Glace, además de ser blasfema, es un mamarracho indigesto. No tiene ni un atisbo de arte ni nada que se le parezca. Es la obra de un “loco furioso”[7] enceguecido por su odio a Dios y su miedo al infierno.

Desde el 20 de abril se exponen en el Palais de Glace, auspiciada por la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, una serie de “adefesios”,[8] varios de ellos blasfemos, de “ese viejo con vocación infernal”[9] que responde al nombre de León Ferrari. Gracias a Dios es muy viejo, de manera que en cualquier momento deja de tener la posibilidad vital de ofender a Dios como lo viene haciendo desde hace mucho mediante una serie de “aparatos blasfemos” a los que pomposamente toda la comunidad de los idiotas llaman “arte”. »[10]

Constantes gritos ha recibido el arte de León. Se ha ganado, como todo guerrero, varios uppercuts. Y es risible que mientras su obra ha evolucionado excelentemente, sean igual de excelentes, en tanto divertidos, los comentarios en contra, pues lo hacen con la misma pasión con que el artista construye su lenguaje. Las palabras señaladas no son más que esos atributos sin los cuales, como dijo Ferrari, no estaría su obra completa. Ese efecto boumerang que ha creado cada uno de los ataques también ha contribuido a elevarlo.

 « ¿Qué rescata de los relatos bíblicos?

A Eva. Es una figura maravillosa, es lo mejor de la Biblia. Una figura literaria, la primera que se enfrenta con Dios y arriesga todo por el conocimiento, debería ser la madrina de los científicos.»[11]